En algún lugar
de la llanura pampeana, hubo un hombre, ya entrado en años. Los habitantes de
las localidades cercanas le decían simplemente “el viejo”, aunque esta no fuese
su única característica. Este hombre del cual nadie sabe su procedencia había
decidido instalarse, hacía ya varias décadas, en la única laguna que existía en
muchos kilómetros a la redonda. Terminada ya su pequeña vivienda y falto de
recursos decidió hacer de este espejo de agua su vocación y sustento.
La
realidad del negocio del viejo era, cuanto menos, angustiante. No se pueden
vender artículos para la pesca y reparar botes donde el único cuerpo de agua se
parecía más a un charco que una laguna. Tal vez esto hizo que el viejo fuera
así. No mucha gente lo cruzaba, por no decir nadie. Y año tras año, el vendedor
de anzuelos y tanzas se fue endureciendo, siendo más descortés y hosco al punto
de quedarse solo.
El
viejo del muelle mantenía su rutina. Levantarse, tomar uno o dos mates sin
apetito de y luego arrancar su labor. Ese día estaba amenazado por unas nubes
grises que parecían indefensas, aunque él sabía que no. Pero obviando esta
situación climatológica se encaminó para su muelle en la orilla, con el fin de
dejar pasar el tiempo. Lo que al barquero le gustaba era mirar nada desde la
punta del astillado embarcadero. Le gustaba porque no tenía otra opción que lo
abstrajese de la monotonía extrema. Ver ese extenso desierto de pastos
amarillentos era monótono pero no enajenante. Aquella mañana tuvo suerte; para
el transcurso del mediodía ya habían pasado dos camiones de carga en la ruta a
poco más de un kilómetro. Eso no era común donde vivía el viejo.
El
longevo hombre tampoco tenía contacto con mucha gente. No tenía clientes y tampoco
tenía amigos o conocidos en los pueblos cercanos. El último contacto que había
entablado con otros seres humanos fue unos meses atrás. Dos o tres, no estaba
seguro. Pero ese recuerdo le revolvía el estómago y también la conciencia.
Dos
meses atrás, el anciano hombre se levantó temprano, como de costumbre. Pero
algo que observó por la ventana e
impidió continuar con su ritual cotidiano. Una desvencijada patrulla policial
los esperaba junto a dos agentes apoyados en la tranquera de su estancia. Las figuras
de la ley hicieron retorcer al estómago y sus palmas comenzaron a sudar.
Ignorando
todo su cronograma matutino, salió de su pequeña cabaña y avanzó hacia los
policías con un andar que cualquiera diría que es el caminar de una persona
enferma y débil. Llegando una vez a la frontera de alambre, el viejo miró por
primera vez el rollizo y regordete rostro de uno de los agentes. Con ese
semblante sin sentimientos pero tampoco intenciones, el oficial da el primer
paso.
-¿Cómo
va Don? ¿Qué tal estuvo la mañana?- inició el oficial con un claro esfuerzo de
demostrar simpatía. –Soy el Sargento Lorenzo y mi compañero el Cabo Correa-
dijo desde esos preventivos dos meses. –Como supondrá, venimos aquí porque
sucedió algo. Algo terrible.
Aclarado
esto, y como si de una lección escolar se tratase, el otro agente (el viejo
intuyó que era Correa) prosiguió con la explicación:
-Desde
hace unos días, tenemos a un desaparecido; un nene de unos diez años- Se
acomodó el cigarrillo debajo del frondoso bigote negro y aclaró- Ya hicimos
todos los peritajes posibles en el pueblo y las chacras aledañas, solamente nos
queda la suya.
Las
últimas palabras del larguirucho bigotudo hicieron nublar la vista del viejo.
Entre los retumbes de la sangre en los oídos, el solitario hombre no pudo más
que hacer un gesto afirmativo que le dio el píe a Lorenzo para finalizar.
-Solo
necesitamos hacer una breve inspección de su propiedad y solicitarle que
responda unas cuantas preguntas protocolares.
El
viejo se sentía acorralado. Su mente pensaba múltiples formas de evadir la
situación. Fingir que estaba enfermo. Decir que le habían asaltado la anterior
noche. Excusarse con que había estado en el pueblo. Todas esas posibilidades se
agolpaban y arremolinaban entre sus mollejas, pero de su arrugada boca solo
pudo salir un dócil y susurrante “claro señor oficial”.
Abierta
la tranquera y puesto el cabo a revisar cada metro de ese campo, el viejo y el
Sargento de mejillas coloradas entraron a la cocina de la casucha. La situación
había trastocado a la mente del viejo. No pensaba en otra cosa que no sea sobre
lo que pasaría si lo declaraban autor de la desaparición.
Se
sentó frente al rollizo oficial y comenzó a cebarle unos mates que rozaban
apenas la temperatura mínimamente tomable. El Sargento Lorenzo comenzó la serie
de preguntas predeterminadas: dónde estuvo ese día, si había visitado a alguien
si conocía al niño, si había visto algo aquella noche. Esta última pregunta fue
como una cachetada para el pobre interrogado y luego comenzó a hacer conjeturas
que, de ser ciertas, no lo tranquilizaba en lo más mínimo.
-Entonces
ya estaríamos Don- dijo el agente levantándose- solo queda esperar que mi
compañero vuelva de la inspección de campo-. Comenzó a dirigirse al encuentro
con Correa pero antes de salir se dirigió ante el viejo una última vez –Si ve o
llega a enterarse de algo, tiene que informar al departamento de policía- Con
esto salió y no se volvieron a ver.
Dos
meses más tarde no volvió a recibir ninguna visita policiaca, así que el anciano
de la laguna supuso que lo eliminaron como sospechoso. Pero el episodio de la
desaparición le seguía preocupando.
Apartó
estos pensamientos de su mente para poder apreciar el camino de tierra y ver si
pasaba algún coche más. Así estuvo hasta que comenzó a caer el día, y con esta
señal, el viejo se levantó pesadamente para preparar su pequeño bote. Le
gustaba dar paseos por su lago cuando comenzaba a hacerse de noche. Tomó lo que
necesitaría y se dispuso a dejar cada cosa una por una en el fondo de la embarcación.
Siendo
casi las 7 de la tarde, ya estaba subido a su barca y desanudando las sogas que
la mantenían al muelle. Hecho esto y empuñando el tosco remo, empezó a empujar
el agua suavemente y sin alborotar ese pacífico ambiente de aquel acuífero de estepa. Pasados unos
cuantos minutos, el navegante ya se encontraba laguna adentro y, aunque en
distancia no fuera mucho, entendía que debía seguir ciertas normas de
seguridad. Para iniciar prendió un fósforo y encendió una oxidada lámpara de
querosén. Tras esto se sentó en el tablón del medio a sentir el vaivén del
agua.
Envuelto
en sus abrigos y forzando un poco la
vista, analizó durante un cuarto de hora el cambio de colores que generaba la
amarillenta luz del farol sobre el agua. De azul oscuro, casi petrolífero, a un
marrón suave y luego del vaivén nuevamente azul. Una y otra vez. Pero en un
momento algo lo apartó de su trance; unas sombras negras que se movieron
lentamente por debajo del haz de luz. Quiso imaginar que serían peces, pero el
tamaño de la sombra no lo apoyaba. Este cuerpo comenzó a moverse lentamente
hacía la profundidad, desapareciendo en ella y todo el cuerpo del viejo en ese
momento se tensó. Nerviosamente miraba a todos los alrededores de su bote,
buscando aquellas masas subacuáticas. Su respiración comenzaba a agitarse a
cada segundo que pasaba presa de la inseguridad.
Remó un poco, descuidando el no hacer barullo,
para salir del centro de la laguna y recorridos unos 5 metros, hizo noticia que
de la estela que dejaba el bote, comenzaban a agolparse esas sombras, pero esta
vez moviéndose lentamente hacia la superficie. La boca del viejo no emitía
ningún sonido porque el miedo se la había secado. Aquellos cuerpos oscuros
subían y bajaban unos pocos centímetros pero siempre debajo del agua. El
navegante continuó alejándose aún más y tras casi llegar al muelle, sucedió la
tan esperada pero atemorizante aparición; un rostro negro, completamente negro,
comenzaba a elevarse de la laguna. Parecí aun rostro del tamaño del de un humano
pero no se observaba ningún otro rasgo facial en aquella cara oscura como un
carbón. Exceptuando sus ojos. Unas esferas completamente marrones como el agua
alumbrada por el farol.
El viejo
descendió al muelle y no tomo cuidado de sus posesiones, presa del miedo. Una
vez en tierra volvió a dirigirse hacia aquella cabeza del lago, pero ya no
estaba en la superficie. La laguna parecía haberse calmado, pero el barquero
no. Observaba constantemente el agua en búsqueda de aquellas criaturas que lo
asolaban. Parecían haberse esfumado, peor él sabía que no eran alucinaciones.
Al no ver
rastro de estos seres, empezó a limpiar su cabeza de miedos y alertas. Supuso
que solo había sido un encuentro, pero una imagen le negó esa tranquilidad. En
la orilla de enfrente, sería a unos 100 metros, unos seres de piel de un azul
petróleo, comenzaban a agolparse en la orilla. Algunos arrastrándose, otros
comenzándose a erguirse dificultosamente. No serían más de cinco, pero el viejo
sabía una cosa: habían roto el trato.
Facundo Carrasco
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