miércoles, 10 de junio de 2020

Cuerpos oscuros

En algún lugar de la llanura pampeana, hubo un hombre, ya entrado en años. Los habitantes de las localidades cercanas le decían simplemente “el viejo”, aunque esta no fuese su única característica. Este hombre del cual nadie sabe su procedencia había decidido instalarse, hacía ya varias décadas, en la única laguna que existía en muchos kilómetros a la redonda. Terminada ya su pequeña vivienda y falto de recursos decidió hacer de este espejo de agua su vocación y sustento.

                La realidad del negocio del viejo era, cuanto menos, angustiante. No se pueden vender artículos para la pesca y reparar botes donde el único cuerpo de agua se parecía más a un charco que una laguna. Tal vez esto hizo que el viejo fuera así. No mucha gente lo cruzaba, por no decir nadie. Y año tras año, el vendedor de anzuelos y tanzas se fue endureciendo, siendo más descortés y hosco al punto de quedarse solo.

                El viejo del muelle mantenía su rutina. Levantarse, tomar uno o dos mates sin apetito de y luego arrancar su labor. Ese día estaba amenazado por unas nubes grises que parecían indefensas, aunque él sabía que no. Pero obviando esta situación climatológica se encaminó para su muelle en la orilla, con el fin de dejar pasar el tiempo. Lo que al barquero le gustaba era mirar nada desde la punta del astillado embarcadero. Le gustaba porque no tenía otra opción que lo abstrajese de la monotonía extrema. Ver ese extenso desierto de pastos amarillentos era monótono pero no enajenante. Aquella mañana tuvo suerte; para el transcurso del mediodía ya habían pasado dos camiones de carga en la ruta a poco más de un kilómetro. Eso no era común donde vivía el viejo.

                El longevo hombre tampoco tenía contacto con mucha gente. No tenía clientes y tampoco tenía amigos o conocidos en los pueblos cercanos. El último contacto que había entablado con otros seres humanos fue unos meses atrás. Dos o tres, no estaba seguro. Pero ese recuerdo le revolvía el estómago y también la conciencia.

                Dos meses atrás, el anciano hombre se levantó temprano, como de costumbre. Pero algo  que observó por la ventana e impidió continuar con su ritual cotidiano. Una desvencijada patrulla policial los esperaba junto a dos agentes apoyados en la tranquera de su estancia. Las figuras de la ley hicieron retorcer al estómago y sus palmas comenzaron a sudar.

                Ignorando todo su cronograma matutino, salió de su pequeña cabaña y avanzó hacia los policías con un andar que cualquiera diría que es el caminar de una persona enferma y débil. Llegando una vez a la frontera de alambre, el viejo miró por primera vez el rollizo y regordete rostro de uno de los agentes. Con ese semblante sin sentimientos pero tampoco intenciones, el oficial da el primer paso.

                -¿Cómo va Don? ¿Qué tal estuvo la mañana?- inició el oficial con un claro esfuerzo de demostrar simpatía. –Soy el Sargento Lorenzo y mi compañero el Cabo Correa- dijo desde esos preventivos dos meses. –Como supondrá, venimos aquí porque sucedió algo. Algo terrible.

                Aclarado esto, y como si de una lección escolar se tratase, el otro agente (el viejo intuyó que era Correa) prosiguió con la explicación:

                -Desde hace unos días, tenemos a un desaparecido; un nene de unos diez años- Se acomodó el cigarrillo debajo del frondoso bigote negro y aclaró- Ya hicimos todos los peritajes posibles en el pueblo y las chacras aledañas, solamente nos queda la suya.

                Las últimas palabras del larguirucho bigotudo hicieron nublar la vista del viejo. Entre los retumbes de la sangre en los oídos, el solitario hombre no pudo más que hacer un gesto afirmativo que le dio el píe a Lorenzo para finalizar.

                -Solo necesitamos hacer una breve inspección de su propiedad y solicitarle que responda unas cuantas preguntas protocolares. 

                El viejo se sentía acorralado. Su mente pensaba múltiples formas de evadir la situación. Fingir que estaba enfermo. Decir que le habían asaltado la anterior noche. Excusarse con que había estado en el pueblo. Todas esas posibilidades se agolpaban y arremolinaban entre sus mollejas, pero de su arrugada boca solo pudo salir un dócil y susurrante “claro señor oficial”.

                Abierta la tranquera y puesto el cabo a revisar cada metro de ese campo, el viejo y el Sargento de mejillas coloradas entraron a la cocina de la casucha. La situación había trastocado a la mente del viejo. No pensaba en otra cosa que no sea sobre lo que pasaría si lo declaraban autor de la desaparición.

                Se sentó frente al rollizo oficial y comenzó a cebarle unos mates que rozaban apenas la temperatura mínimamente tomable. El Sargento Lorenzo comenzó la serie de preguntas predeterminadas: dónde estuvo ese día, si había visitado a alguien si conocía al niño, si había visto algo aquella noche. Esta última pregunta fue como una cachetada para el pobre interrogado y luego comenzó a hacer conjeturas que, de ser ciertas, no lo tranquilizaba en lo más mínimo.

                -Entonces ya estaríamos Don- dijo el agente levantándose- solo queda esperar que mi compañero vuelva de la inspección de campo-. Comenzó a dirigirse al encuentro con Correa pero antes de salir se dirigió ante el viejo una última vez –Si ve o llega a enterarse de algo, tiene que informar al departamento de policía- Con esto salió y no se volvieron a ver.

                Dos meses más tarde no volvió a recibir ninguna visita policiaca, así que el anciano de la laguna supuso que lo eliminaron como sospechoso. Pero el episodio de la desaparición le seguía preocupando.

                Apartó estos pensamientos de su mente para poder apreciar el camino de tierra y ver si pasaba algún coche más. Así estuvo hasta que comenzó a caer el día, y con esta señal, el viejo se levantó pesadamente para preparar su pequeño bote. Le gustaba dar paseos por su lago cuando comenzaba a hacerse de noche. Tomó lo que necesitaría y se dispuso a dejar cada cosa una por una en el fondo de la embarcación.

                Siendo casi las 7 de la tarde, ya estaba subido a su barca y desanudando las sogas que la mantenían al muelle. Hecho esto y empuñando el tosco remo, empezó a empujar el agua suavemente y sin alborotar ese pacífico ambiente de  aquel acuífero de estepa. Pasados unos cuantos minutos, el navegante ya se encontraba laguna adentro y, aunque en distancia no fuera mucho, entendía que debía seguir ciertas normas de seguridad. Para iniciar prendió un fósforo y encendió una oxidada lámpara de querosén. Tras esto se sentó en el tablón del medio a sentir el vaivén del agua.

Envuelto en  sus abrigos y forzando un poco la vista, analizó durante un cuarto de hora el cambio de colores que generaba la amarillenta luz del farol sobre el agua. De azul oscuro, casi petrolífero, a un marrón suave y luego del vaivén nuevamente azul. Una y otra vez. Pero en un momento algo lo apartó de su trance; unas sombras negras que se movieron lentamente por debajo del haz de luz. Quiso imaginar que serían peces, pero el tamaño de la sombra no lo apoyaba. Este cuerpo comenzó a moverse lentamente hacía la profundidad, desapareciendo en ella y todo el cuerpo del viejo en ese momento se tensó. Nerviosamente miraba a todos los alrededores de su bote, buscando aquellas masas subacuáticas. Su respiración comenzaba a agitarse a cada segundo que pasaba presa de la inseguridad.

 Remó un poco, descuidando el no hacer barullo, para salir del centro de la laguna y recorridos unos 5 metros, hizo noticia que de la estela que dejaba el bote, comenzaban a agolparse esas sombras, pero esta vez moviéndose lentamente hacia la superficie. La boca del viejo no emitía ningún sonido porque el miedo se la había secado. Aquellos cuerpos oscuros subían y bajaban unos pocos centímetros pero siempre debajo del agua. El navegante continuó alejándose aún más y tras casi llegar al muelle, sucedió la tan esperada pero atemorizante aparición; un rostro negro, completamente negro, comenzaba a elevarse de la laguna. Parecí aun rostro del tamaño del de un humano pero no se observaba ningún otro rasgo facial en aquella cara oscura como un carbón. Exceptuando sus ojos. Unas esferas completamente marrones como el agua alumbrada por el farol.

El viejo descendió al muelle y no tomo cuidado de sus posesiones, presa del miedo. Una vez en tierra volvió a dirigirse hacia aquella cabeza del lago, pero ya no estaba en la superficie. La laguna parecía haberse calmado, pero el barquero no. Observaba constantemente el agua en búsqueda de aquellas criaturas que lo asolaban. Parecían haberse esfumado, peor él sabía que no eran alucinaciones.

Al no ver rastro de estos seres, empezó a limpiar su cabeza de miedos y alertas. Supuso que solo había sido un encuentro, pero una imagen le negó esa tranquilidad. En la orilla de enfrente, sería a unos 100 metros, unos seres de piel de un azul petróleo, comenzaban a agolparse en la orilla. Algunos arrastrándose, otros comenzándose a erguirse dificultosamente. No serían más de cinco, pero el viejo sabía una cosa: habían roto el trato.

                                                                                                                                         Facundo Carrasco

        

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los Recreados

               Brío Terkik se despertó, aquel martes plomizo, a eso de las siete en punto. Anhelaba sentir un tiempo más la tibia sensación ...