Un hombre camina por la vereda.
Desde acá no se llega a ver mucho. Camina tranquilo y a mitad de su recorrido se sienta en la
parada de colectivo. Espera un rato, pero es raro que esté ahí tan tarde, los
colectivos pasan con menos frecuencia.
Por más que se movió, todavía no
se ve muy bien. No se puede distinguir su rostro, como va vestido, si lleva un
sombrero, las expresiones faciales. Es raro que esté esperando el colectivo a
esa hora ¿Cómo llegó ahí? ¿Estará esperando a alguien? No es posible saber nada
de eso.
Tratar de adivinar quién es esa
persona sin poder verla no es tarea fácil. Podría ser un maestro, un abogado o
un albañil. Tal vez es un traficante o es un asesino. Tal vez, no podemos
saberlo. No lleva distintivos que nos den pistas. No hay casco, anteojos o un
cuchillo sangrante en su cinturón. Tampoco es posible adivinar a partir de los
gestos. Pareciera un hombre sin cara.
Tras
unos quince minutos de ese incesante acertijo, por la vuelta de la esquina
doblan unas luces blancas. Es mi colectivo. Me levanto, cierro mi libro y freno
el transporte, pero antes de subir me doy vuelta y observo a mi compañero de
espera. Lo analizo brevemente y mientras subo las escaleras para pagar mi
boleto, exhalo tranquilo. Solamente era un hombre. Solo un hombre más, como los
que había en el colectivo.
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