miércoles, 24 de junio de 2020

Treinta minutos de guerra (Primera parte)

                Miguel Hovak era un hombre, que rondaba los 30 años. Vivía en uno de esos pueblos diminutos donde todos se conocen con todos y parecen ser un enclave de la historia. Hovak trabajaba en su pueblo natal para una empresa de la capital, la cual quería ampliar sus mercados hacia el interior del país, focalizando en estos pintorescos poblados. Vivía a pocas cuadras de su espacio laboral, y en parte esto le permitió mantener durante mucho tiempo un historial impecable. Llegar en horario, llevarse trabajo a su hogar e incluso aceptar algunas horas extras era lo que lo caracterizaba.

            En general, Miguel nunca tuvo conflictos o roces con nadie. Ni con la gente ni con sus compañeros de trabajo citadinos. Era respetuoso, amable con todos y tenía fama de mantener la paciencia hasta con la persona más repulsiva. Todo esto continuó hasta que por una decisión tomada por una mesa de hombres ataviados con trajes y maletines cambia el gerente y superior de la filial en la que trabajaba Hovak. Este último decidió darle el beneficio de la duda a su nuevo jefe. Pasan las semanas  pero el buen hombre cada vez veía más complejo mantener esa actitud de buena fe para con su jefe. El gerente era un hombre de rostro tosco y que le borraba la sonrisa a cualquiera con sus modos y maneras. Siempre estaba en una actitud ofensiva. Sus comentarios y actitudes eran como una constante lluvia de pequeñas piedras, que golpeaban sin causar daños severos pero que a la larga quebraban hasta la voluntad más férrea.

            El gestor de esta sucursal no hizo una excepción con Miguel Hovak. A cualquier cosa que este hacía, una batería de insultos, ataques y chicanas caían sobre el empleado. Y todo esto no quedaba simplemente en las oficinas o en las reuniones que compartían. El repudiable jefe se enteró de la localización del hogar de Hovak y no se le ocurrió mejor idea que seguirlo durante las pocas cuadras que separaban la casa del local, pero no de una forma corriente que solo generase un poco de temor. El acoso consistía en que el gerente, subido a su coche, acompañase la trayectoria de su dependiente mientras le profería gritos que transmitían agrios mensajes, que eran acompañados por una estruendosa orquesta de bocinazos. “No llegues tarde mañana, espero que seas capaz de eso”, “Quiero todo los balances de las ventas bimestrales el viernes a primera hora en mi escritorio”, “Tendrías que tener horarios más rígidos, pedazo de vago”, “Podrías presentarme a alguna hija, y si no tenés tal vez a tu esposa o hermana”. Estos eran algunos del gran arsenal de injurias que recibía Miguel hasta que el jefe creía haber hecho su trabajo y se alejaba quemando llantas y causando un estruendo.

            Esta disruptiva intromisión de este personaje en la vida del joven Hovak no le permitió hacer honor a los buenos dichos que la gente dijo sobre él. Una semana no fue difícil de atravesar. Al mes, su ceño ya empezaba a fruncirse cada vez que escuchaba los frenos del auto del gerente. Pero lo sobrellevaba y continuaba siendo el buen hombre del pueblo. Lo fue hasta el tercer mes de la llegada de ese irritante superior. El día anterior a la tragedia, el acoso sobrepasó cualquier límite admisible. Tras escoltar a Miguel Hovak hasta la puerta del departamento en el que vivía, el grotesco jefe apagó el motor y continuó la seguidilla hasta el vestíbulo. Una vez ahí, el jefe adelantó a su subordinado y se interpuso entre la mano extendida con la llave del segundo y la cerradura. Dio rienda suelta a sus divagaciones, gesticulando de una forma socarrona mientras paso tras paso acorralaa a Hovak contra la pared del pasillo. Durante esta amenazante situación, Hovak no incorporó ni pudo comprender ni una sola de las palabras que se le dirigían. Eran palabras ininteligibles las cuales probablemente serían algún chiste de mal gusto más que una amenaza.  Se había quedado helado, atónito y lo único que anhelaba era poder meter la llave y girar el picaporte. Esa guerra fría de miradas contra un muro perduró tan solo un minuto, que para el acorralado se tradujeron en años.

            El altercado del pasillo hizo entender algo a la mente del joven Miguel; no quería seguir siendo alguien débil  ante ese monstruoso saco de huesos y odio. Decidió tomar acción y así lo hizo. Siendo las 7:30, Miguel Hovak abandonó su hogar, retrasando su horario de entrada a la oficina, que históricamente había sido impecable. No iba vestido como acostumbraba. Su sweater y camisa de buen oficinista habían sido suplantados por una ropa común, sucia y desacomodada. Iba desaliñado y con pintas de no haber cerrado un ojo en toda la noche. Nadie diría que era el agradable muchacho. Más se asemejaba a una persona trastornada por la vida. Lo curioso es que lo acompañaba un garrote el cual parecía haber sido extraído de una maciza silla de madera.

            Llegado una vez a las puertas del complejo de oficinas, buscó entre los demás coches el perteneciente a su jefe. Habiéndolo ubicado, hizo uso de su astillado acompañante y arremetió contra la principal herramienta de acecho de su enemigo. El resultado esperado no tardó en aparecer y el ruido a cristales rotos y a chapa abollada comenzó a atraer curiosos. Pero su plan no terminaba en ese punto, continuaba dentro del edificio. Las cristaleras fueron cayendo a medida que avanzaba, jutoa los equipos informáticos y los escritorios que no sobrevivieron ante el garrote empuñado por el rencor. Y, ya escuchando las sirenas de las patrullas, decidió finalizar esa forma de purificar su mente y empezó a subir peldaño por peldaño hasta el despacho del encargado; su querido acechador. El gerente tuvo la mala suerte de encontrarse a su desbocado empleado en escalera, el cual al verlo no emitió ninguna advertencia y descargó todo su odio contra el perfil derecho de aquel aberrante rostro.

            Los oficiales se miraban consternados mientras reducían a Miguel Hovak, el bonachón del pueblo, contra el suelo. No estaban seguros de lo que hacían y tampoco creían que estuviesen haciendo lo correcto, porque el joven no puso ninguna resistencia. Se dejó llevar, respirando aliviado, hacía la comisaria. Una vez en la patrulla, el comenzó a soltar unas culposas y entrecortadas carcajadas: fue la primera vez que llegaba tarde a trabajar.

                                                                                                                                 Facundo Carrasco

martes, 16 de junio de 2020

Adivinanzas en una parada de colectivo

Un hombre camina por la vereda. Desde acá no se llega a ver mucho. Camina tranquilo y  a mitad de su recorrido se sienta en la parada de colectivo. Espera un rato, pero es raro que esté ahí tan tarde, los colectivos pasan con menos frecuencia.

Por más que se movió, todavía no se ve muy bien. No se puede distinguir su rostro, como va vestido, si lleva un sombrero, las expresiones faciales. Es raro que esté esperando el colectivo a esa hora ¿Cómo llegó ahí? ¿Estará esperando a alguien? No es posible saber nada de eso.

Tratar de adivinar quién es esa persona sin poder verla no es tarea fácil. Podría ser un maestro, un abogado o un albañil. Tal vez es un traficante o es un asesino. Tal vez, no podemos saberlo. No lleva distintivos que nos den pistas. No hay casco, anteojos o un cuchillo sangrante en su cinturón. Tampoco es posible adivinar a partir de los gestos. Pareciera un hombre sin cara.

                Tras unos quince minutos de ese incesante acertijo, por la vuelta de la esquina doblan unas luces blancas. Es mi colectivo. Me levanto, cierro mi libro y freno el transporte, pero antes de subir me doy vuelta y observo a mi compañero de espera. Lo analizo brevemente y mientras subo las escaleras para pagar mi boleto, exhalo tranquilo. Solamente era un hombre. Solo un hombre más, como los que había en el colectivo.

Facundo carrasco

miércoles, 10 de junio de 2020

Cuerpos oscuros

En algún lugar de la llanura pampeana, hubo un hombre, ya entrado en años. Los habitantes de las localidades cercanas le decían simplemente “el viejo”, aunque esta no fuese su única característica. Este hombre del cual nadie sabe su procedencia había decidido instalarse, hacía ya varias décadas, en la única laguna que existía en muchos kilómetros a la redonda. Terminada ya su pequeña vivienda y falto de recursos decidió hacer de este espejo de agua su vocación y sustento.

                La realidad del negocio del viejo era, cuanto menos, angustiante. No se pueden vender artículos para la pesca y reparar botes donde el único cuerpo de agua se parecía más a un charco que una laguna. Tal vez esto hizo que el viejo fuera así. No mucha gente lo cruzaba, por no decir nadie. Y año tras año, el vendedor de anzuelos y tanzas se fue endureciendo, siendo más descortés y hosco al punto de quedarse solo.

                El viejo del muelle mantenía su rutina. Levantarse, tomar uno o dos mates sin apetito de y luego arrancar su labor. Ese día estaba amenazado por unas nubes grises que parecían indefensas, aunque él sabía que no. Pero obviando esta situación climatológica se encaminó para su muelle en la orilla, con el fin de dejar pasar el tiempo. Lo que al barquero le gustaba era mirar nada desde la punta del astillado embarcadero. Le gustaba porque no tenía otra opción que lo abstrajese de la monotonía extrema. Ver ese extenso desierto de pastos amarillentos era monótono pero no enajenante. Aquella mañana tuvo suerte; para el transcurso del mediodía ya habían pasado dos camiones de carga en la ruta a poco más de un kilómetro. Eso no era común donde vivía el viejo.

                El longevo hombre tampoco tenía contacto con mucha gente. No tenía clientes y tampoco tenía amigos o conocidos en los pueblos cercanos. El último contacto que había entablado con otros seres humanos fue unos meses atrás. Dos o tres, no estaba seguro. Pero ese recuerdo le revolvía el estómago y también la conciencia.

                Dos meses atrás, el anciano hombre se levantó temprano, como de costumbre. Pero algo  que observó por la ventana e impidió continuar con su ritual cotidiano. Una desvencijada patrulla policial los esperaba junto a dos agentes apoyados en la tranquera de su estancia. Las figuras de la ley hicieron retorcer al estómago y sus palmas comenzaron a sudar.

                Ignorando todo su cronograma matutino, salió de su pequeña cabaña y avanzó hacia los policías con un andar que cualquiera diría que es el caminar de una persona enferma y débil. Llegando una vez a la frontera de alambre, el viejo miró por primera vez el rollizo y regordete rostro de uno de los agentes. Con ese semblante sin sentimientos pero tampoco intenciones, el oficial da el primer paso.

                -¿Cómo va Don? ¿Qué tal estuvo la mañana?- inició el oficial con un claro esfuerzo de demostrar simpatía. –Soy el Sargento Lorenzo y mi compañero el Cabo Correa- dijo desde esos preventivos dos meses. –Como supondrá, venimos aquí porque sucedió algo. Algo terrible.

                Aclarado esto, y como si de una lección escolar se tratase, el otro agente (el viejo intuyó que era Correa) prosiguió con la explicación:

                -Desde hace unos días, tenemos a un desaparecido; un nene de unos diez años- Se acomodó el cigarrillo debajo del frondoso bigote negro y aclaró- Ya hicimos todos los peritajes posibles en el pueblo y las chacras aledañas, solamente nos queda la suya.

                Las últimas palabras del larguirucho bigotudo hicieron nublar la vista del viejo. Entre los retumbes de la sangre en los oídos, el solitario hombre no pudo más que hacer un gesto afirmativo que le dio el píe a Lorenzo para finalizar.

                -Solo necesitamos hacer una breve inspección de su propiedad y solicitarle que responda unas cuantas preguntas protocolares. 

                El viejo se sentía acorralado. Su mente pensaba múltiples formas de evadir la situación. Fingir que estaba enfermo. Decir que le habían asaltado la anterior noche. Excusarse con que había estado en el pueblo. Todas esas posibilidades se agolpaban y arremolinaban entre sus mollejas, pero de su arrugada boca solo pudo salir un dócil y susurrante “claro señor oficial”.

                Abierta la tranquera y puesto el cabo a revisar cada metro de ese campo, el viejo y el Sargento de mejillas coloradas entraron a la cocina de la casucha. La situación había trastocado a la mente del viejo. No pensaba en otra cosa que no sea sobre lo que pasaría si lo declaraban autor de la desaparición.

                Se sentó frente al rollizo oficial y comenzó a cebarle unos mates que rozaban apenas la temperatura mínimamente tomable. El Sargento Lorenzo comenzó la serie de preguntas predeterminadas: dónde estuvo ese día, si había visitado a alguien si conocía al niño, si había visto algo aquella noche. Esta última pregunta fue como una cachetada para el pobre interrogado y luego comenzó a hacer conjeturas que, de ser ciertas, no lo tranquilizaba en lo más mínimo.

                -Entonces ya estaríamos Don- dijo el agente levantándose- solo queda esperar que mi compañero vuelva de la inspección de campo-. Comenzó a dirigirse al encuentro con Correa pero antes de salir se dirigió ante el viejo una última vez –Si ve o llega a enterarse de algo, tiene que informar al departamento de policía- Con esto salió y no se volvieron a ver.

                Dos meses más tarde no volvió a recibir ninguna visita policiaca, así que el anciano de la laguna supuso que lo eliminaron como sospechoso. Pero el episodio de la desaparición le seguía preocupando.

                Apartó estos pensamientos de su mente para poder apreciar el camino de tierra y ver si pasaba algún coche más. Así estuvo hasta que comenzó a caer el día, y con esta señal, el viejo se levantó pesadamente para preparar su pequeño bote. Le gustaba dar paseos por su lago cuando comenzaba a hacerse de noche. Tomó lo que necesitaría y se dispuso a dejar cada cosa una por una en el fondo de la embarcación.

                Siendo casi las 7 de la tarde, ya estaba subido a su barca y desanudando las sogas que la mantenían al muelle. Hecho esto y empuñando el tosco remo, empezó a empujar el agua suavemente y sin alborotar ese pacífico ambiente de  aquel acuífero de estepa. Pasados unos cuantos minutos, el navegante ya se encontraba laguna adentro y, aunque en distancia no fuera mucho, entendía que debía seguir ciertas normas de seguridad. Para iniciar prendió un fósforo y encendió una oxidada lámpara de querosén. Tras esto se sentó en el tablón del medio a sentir el vaivén del agua.

Envuelto en  sus abrigos y forzando un poco la vista, analizó durante un cuarto de hora el cambio de colores que generaba la amarillenta luz del farol sobre el agua. De azul oscuro, casi petrolífero, a un marrón suave y luego del vaivén nuevamente azul. Una y otra vez. Pero en un momento algo lo apartó de su trance; unas sombras negras que se movieron lentamente por debajo del haz de luz. Quiso imaginar que serían peces, pero el tamaño de la sombra no lo apoyaba. Este cuerpo comenzó a moverse lentamente hacía la profundidad, desapareciendo en ella y todo el cuerpo del viejo en ese momento se tensó. Nerviosamente miraba a todos los alrededores de su bote, buscando aquellas masas subacuáticas. Su respiración comenzaba a agitarse a cada segundo que pasaba presa de la inseguridad.

 Remó un poco, descuidando el no hacer barullo, para salir del centro de la laguna y recorridos unos 5 metros, hizo noticia que de la estela que dejaba el bote, comenzaban a agolparse esas sombras, pero esta vez moviéndose lentamente hacia la superficie. La boca del viejo no emitía ningún sonido porque el miedo se la había secado. Aquellos cuerpos oscuros subían y bajaban unos pocos centímetros pero siempre debajo del agua. El navegante continuó alejándose aún más y tras casi llegar al muelle, sucedió la tan esperada pero atemorizante aparición; un rostro negro, completamente negro, comenzaba a elevarse de la laguna. Parecí aun rostro del tamaño del de un humano pero no se observaba ningún otro rasgo facial en aquella cara oscura como un carbón. Exceptuando sus ojos. Unas esferas completamente marrones como el agua alumbrada por el farol.

El viejo descendió al muelle y no tomo cuidado de sus posesiones, presa del miedo. Una vez en tierra volvió a dirigirse hacia aquella cabeza del lago, pero ya no estaba en la superficie. La laguna parecía haberse calmado, pero el barquero no. Observaba constantemente el agua en búsqueda de aquellas criaturas que lo asolaban. Parecían haberse esfumado, peor él sabía que no eran alucinaciones.

Al no ver rastro de estos seres, empezó a limpiar su cabeza de miedos y alertas. Supuso que solo había sido un encuentro, pero una imagen le negó esa tranquilidad. En la orilla de enfrente, sería a unos 100 metros, unos seres de piel de un azul petróleo, comenzaban a agolparse en la orilla. Algunos arrastrándose, otros comenzándose a erguirse dificultosamente. No serían más de cinco, pero el viejo sabía una cosa: habían roto el trato.

                                                                                                                                         Facundo Carrasco

        

Los Recreados

               Brío Terkik se despertó, aquel martes plomizo, a eso de las siete en punto. Anhelaba sentir un tiempo más la tibia sensación ...