Miguel Hovak era un hombre, que rondaba los 30 años. Vivía en
uno de esos pueblos diminutos donde todos se conocen con todos y parecen ser un
enclave de la historia. Hovak trabajaba en su pueblo natal para una empresa de
la capital, la cual quería ampliar sus mercados hacia el interior del país,
focalizando en estos pintorescos poblados. Vivía a pocas cuadras de su espacio
laboral, y en parte esto le permitió mantener durante mucho tiempo un historial
impecable. Llegar en horario, llevarse trabajo a su hogar e incluso aceptar
algunas horas extras era lo que lo caracterizaba.
En general,
Miguel nunca tuvo conflictos o roces con nadie. Ni con la gente ni con sus
compañeros de trabajo citadinos. Era respetuoso, amable con todos y tenía fama
de mantener la paciencia hasta con la persona más repulsiva. Todo esto continuó
hasta que por una decisión tomada por una mesa de hombres ataviados con trajes
y maletines cambia el gerente y superior de la filial en la que trabajaba
Hovak. Este último decidió darle el beneficio de la duda a su nuevo jefe. Pasan
las semanas pero el buen hombre cada vez
veía más complejo mantener esa actitud de buena fe para con su jefe. El gerente
era un hombre de rostro tosco y que le borraba la sonrisa a cualquiera con sus
modos y maneras. Siempre estaba en una actitud ofensiva. Sus comentarios y
actitudes eran como una constante lluvia de pequeñas piedras, que golpeaban sin
causar daños severos pero que a la larga quebraban hasta la voluntad más férrea.
El gestor de
esta sucursal no hizo una excepción con Miguel Hovak. A cualquier cosa que este
hacía, una batería de insultos, ataques y chicanas caían sobre el empleado. Y
todo esto no quedaba simplemente en las oficinas o en las reuniones que
compartían. El repudiable jefe se enteró de la localización del hogar de Hovak
y no se le ocurrió mejor idea que seguirlo durante las pocas cuadras que
separaban la casa del local, pero no de una forma corriente que solo generase
un poco de temor. El acoso consistía en que el gerente, subido a su coche,
acompañase la trayectoria de su dependiente mientras le profería gritos que
transmitían agrios mensajes, que eran acompañados por una estruendosa orquesta
de bocinazos. “No llegues tarde mañana, espero que seas capaz de eso”, “Quiero
todo los balances de las ventas bimestrales el viernes a primera hora en mi
escritorio”, “Tendrías que tener horarios más rígidos, pedazo de vago”, “Podrías
presentarme a alguna hija, y si no tenés tal vez a tu esposa o hermana”. Estos
eran algunos del gran arsenal de injurias que recibía Miguel hasta que el jefe
creía haber hecho su trabajo y se alejaba quemando llantas y causando un
estruendo.
Esta
disruptiva intromisión de este personaje en la vida del joven Hovak no le
permitió hacer honor a los buenos dichos que la gente dijo sobre él. Una semana
no fue difícil de atravesar. Al mes, su ceño ya empezaba a fruncirse cada vez
que escuchaba los frenos del auto del gerente. Pero lo sobrellevaba y continuaba
siendo el buen hombre del pueblo. Lo fue hasta el tercer mes de la llegada de
ese irritante superior. El día anterior a la tragedia, el acoso sobrepasó
cualquier límite admisible. Tras escoltar a Miguel Hovak hasta la puerta del
departamento en el que vivía, el grotesco jefe apagó el motor y continuó la
seguidilla hasta el vestíbulo. Una vez ahí, el jefe adelantó a su subordinado y
se interpuso entre la mano extendida con la llave del segundo y la cerradura. Dio
rienda suelta a sus divagaciones, gesticulando de una forma socarrona mientras
paso tras paso acorralaa a Hovak contra la pared del pasillo. Durante esta
amenazante situación, Hovak no incorporó ni pudo comprender ni una sola de las
palabras que se le dirigían. Eran palabras ininteligibles las cuales
probablemente serían algún chiste de mal gusto más que una amenaza. Se había quedado helado, atónito y lo único
que anhelaba era poder meter la llave y girar el picaporte. Esa guerra fría de
miradas contra un muro perduró tan solo un minuto, que para el acorralado se
tradujeron en años.
El altercado
del pasillo hizo entender algo a la mente del joven Miguel; no quería seguir
siendo alguien débil ante ese monstruoso
saco de huesos y odio. Decidió tomar acción y así lo hizo. Siendo las 7:30,
Miguel Hovak abandonó su hogar, retrasando su horario de entrada a la oficina,
que históricamente había sido impecable. No iba vestido como acostumbraba. Su
sweater y camisa de buen oficinista habían sido suplantados por una ropa común,
sucia y desacomodada. Iba desaliñado y con pintas de no haber cerrado un ojo en
toda la noche. Nadie diría que era el agradable muchacho. Más se asemejaba a
una persona trastornada por la vida. Lo curioso es que lo acompañaba un garrote
el cual parecía haber sido extraído de una maciza silla de madera.
Llegado una
vez a las puertas del complejo de oficinas, buscó entre los demás coches el
perteneciente a su jefe. Habiéndolo ubicado, hizo uso de su astillado
acompañante y arremetió contra la principal herramienta de acecho de su
enemigo. El resultado esperado no tardó en aparecer y el ruido a cristales
rotos y a chapa abollada comenzó a atraer curiosos. Pero su plan no terminaba
en ese punto, continuaba dentro del edificio. Las cristaleras fueron cayendo a
medida que avanzaba, jutoa los equipos informáticos y los escritorios que no
sobrevivieron ante el garrote empuñado por el rencor. Y, ya escuchando las sirenas
de las patrullas, decidió finalizar esa forma de purificar su mente y empezó a
subir peldaño por peldaño hasta el despacho del encargado; su querido
acechador. El gerente tuvo la mala suerte de encontrarse a su desbocado
empleado en escalera, el cual al verlo no emitió ninguna advertencia y descargó
todo su odio contra el perfil derecho de aquel aberrante rostro.
Los oficiales se miraban consternados mientras reducían a Miguel Hovak, el bonachón del pueblo, contra el suelo. No estaban seguros de lo que hacían y tampoco creían que estuviesen haciendo lo correcto, porque el joven no puso ninguna resistencia. Se dejó llevar, respirando aliviado, hacía la comisaria. Una vez en la patrulla, el comenzó a soltar unas culposas y entrecortadas carcajadas: fue la primera vez que llegaba tarde a trabajar.
Facundo Carrasco