martes, 10 de noviembre de 2020

Los Recreados

            Brío Terkik se despertó, aquel martes plomizo, a eso de las siete en punto. Anhelaba sentir un tiempo más la tibia sensación de las sábanas arropándolo, pero sabía que era imprudente. Sus “Recreados” lo estaban esperando.

Se vistió con la ropa usual de trabajo, pero esta ocasión decidió calzarse unas botas de goma para evitar los vestigios barrosos de la llovizna. Luego de ese pequeño viraje en la rutina, todo prosiguió como de costumbre: desayunó, se lavó los dientes, se informó de las últimas noticias en la televisión y luego partió para su trabajo.

El transporte público desbordaba, como de costumbre, y eso le ayudó a despertarse aún más. Después de un sofocante trayecto de codazos y empujones, Brío descendió del vehículo no sin antes agradecer al conductor, recibiendo como única respuesta un hosco gruñido. Al bajar, se alegró de no haber pecado de precavido al llevar consigo sus botas; las miradas avinagradas de los compatriotas con pies mojados lo tranquilizaban.

A los diez minutos, tras una caminata húmeda, visualizó su edificio de trabajo. El rectángulo de mármol negro y cobre se erguía unos doscientos metros sobre una vereda de sucios adoquines blancos. Lo que más resaltaba a la vista era el inmenso cartel de bronce sobre la puerta que rezaba: “Instituto de Investigación y Generación de Simulaciones”. Pero Brío Terkik no se dispuso a admirar la fachada del instituto: simplemente empujó la pesada puerta de hierro y cristal y tomó el camino hacia el ascensor.

Llegando a su oficina, se topó con su superior, Jiar Tyinn. El hombre de avanzada edad vestía su traje lustroso, como queriendo demostrar su superioridad (aunque su sueldo ya lo demostrara). Al ver a Brío sonrío, con esa mueca socarrona que tanto molestaba al joven Terkik.

 -¿Cómo está nuestro novato?- dijo el fornido jefe del sector de análisis en donde Brío Terkik trabajaba desde hacía cuatro años. 

No respondió y, consecuente a su silencio, el señor Tyinn agregó: 

-Verás, el cerebro central comenzó a sobrecargarse y comenzaremos a borrar copias de repuesto- Asintió seguro, como si hubiera tomado una gran decisión, y continuó -No tienes que alterarte o preocuparte si en algún momento ves…alguna…- Tamborileó los dedos durante unos momentos, buscando la palabra. Pero Brío se adelantó a su respuesta:

-¿Una anomalía, señor?

 Su superior sonrió con su despreciable masa aglutinada a la cual llamaba boca. 

-¡Sí, exacto!- Exclamó, pasándose una mano por el cabello blanquecino y continuó, de un modo extrañamente más serio. -En caso de una anomalía, esa copia va a la basura. 

Dicho esto asintió nuevamente, orgulloso de su liderazgo, y empezó alejarse bamboleando su enorme cuerpo redondo.

El empleado abrió la puerta de su cubículo diminuto, encendió la luz y se centró en poner todo en marcha. Comenzó a encender su “Mesa de Recreación”: sencillamente era una mesa de metal con una pantalla manipulable que recreaba en relieve toda la simulación. Sacó también su cuaderno de bitácora donde anotaría cosas irrelevantes de la vida dentro de la recreación. Una vez terminado todos los preparativos, se sentó en su silla y contempló durante veinte minutos el panorama. “Un país en el cual había una revolución”. Lo anotaba. “Un país bombardeó con ojivas nucleares a su vecino”, nada nuevo. Lo anotaba. “Un tornado deja a quince millones de personas sin hogar”. La pluma ya le pesaba. Así una y otra y otra vez. Le aburría ver en su simulación lo mismo que había leído en el periódico de esa mañana.

Divagando entre esas mentes ficticias, Brío se percató de que alguien lo observaba desde la puerta de su oficina. 

-¿Siguen igual a nosotros?- preguntó Kypo Ruvikit, su vecino de oficina y mejor amigo.

 Brío asintió -Al menos te ha tocado una simulación en donde su especie no es como nosotros…- Soltó la pluma -Ni física ni mentalmente.

 Su amigo soltó una carcajada -Esos renacuajos de dos metros amorfos no hacen más que gemir y arrastrarse y...

Cortó sus palabras en seco al observar la mesa de su Brío. Unos relampagueantes destellos atravesaban, por unos pocos segundos, la pantalla.

 -Son las anomalías- Susurró Brío y comenzó a fijarse si sus “recreados” habían advertido las fugaces luces.

 -Sí, el viejo Tyinn tenía razón. Mis reptiles deben estar asustados- resopló Kypo y agregó -Te dejaré con los tuyos en paz-. Acto seguido, abandonó la oficina y se alejó, solamente dejando el eco de su apresurado caminar.

Brío Terkik sentía una profunda inquietud. Buscando descubrir si sus semejantes ficcionales vivenciaban las anomalías, se topó con que no solo las sintieron: las analizaron. Visualizó los diarios de distintos países y todos concordaban con que eso nunca antes había sido visto, ni se trataba de un cuerpo celeste. Los grupos religiosos defendían la hipótesis de un castigo divino. Pero lo que más le llamó la atención fueron las conjeturas de los distintos grupos científicos. Él sabía que la copia ya estaba corrupta y debía iniciar una nueva, pero la teoría científica de sus observados sobre “las luces en el cielo” afirmaba que esos destellos eran anomalías que no encuadraban en ningún parámetro científico y que probablemente se volverían a repetir. Entonces suponían que era un fallo de un gran código que ordenaba algo ¿Qué? No lo definieron, pero imaginaron que formaba parte de algo complejo y que coordinaba su existencia. 

A raíz de estos fundamentos, comenzaron a preguntarse motivos más existenciales y una inquietud que aterró a Brío: “Si nosotros vivimos dentro de una simulación organizada y creada por un ser, cuya tecnología es todavía remota ¿qué nos puede afirmar que ese ser que nos recrea no es a su vez un simulador simulado por otro?”. El sudor en la frente del encargado de las simulaciones parecía congelarle las ideas. Oprimió el botón de reinicio, pero no por órdenes de su superior. El miedo lo obligó a arrojar a la basura el trabajo de siete meses.

Acercó su asiento a la ventana y se dispuso a calmarse. Esa pregunta no salía de su cabeza. Ahora mismo, un Brío Terkik real podría estar observándolo, mientras que con una mano pulsaba el botón de reinicio. Nunca se lo había planteado así. Durante años él solo vió a la simulación como un conjunto de ceros y unos combinados, simplemente un programa, un juego. Pero ahora sabía algo que podía poner en jaque a toda la historia del mundo. De su mundo.

Su dilema era más importante que cualquier conflicto existente, y lo peor de todo; no tenía salida. Si decía algo, pasaría lo mismo que en su simulación. Diarios multiplicando la noticia, religiosos alarmando y científicos suponiendo. 

Brío Terkik era el verdugo que empuñaba el hacha que terminaría con todo y todos. Ni Kypo, ni el señor Tyinn, ni nadie podía imaginar lo que estaba sucediendo. Solo una cosa lo sacaba de ese tumultuoso estado: hasta que no se descubriese una anomalía o algo similar, estaban a salvo. 

Él, Brío Terkik, simplemente un pequeño investigador, era dueño de la información más valiosa. Y su única solución era aparentar como si se tratara de una cuestión común. Nada había sucedido. Se acomodó para continuar su jornada. Pasó la página de su bitácora y escribió “Simulación Nº127 del año…”. Justo se acabó su pluma, aunque tampoco era importante. Comenzó a generar una nueva recreación y despejó su mente de esos malos pensamientos de hacia unos minutos.

En ese momento, cuando iniciaba la nueva simulación, vio asomar por la puerta el puntiagudo rostro de la secretaria del Señor Tyinn. Su chillona voz sacó de su trance al simulador. 

-El Señor Jiar me mandó a informarle que el problema con las anomalías está solucionado. Fueron unos fallos energéticos.

 Brío Terkik asintió y le dio las gracias. Su trabajo no iba a ser más complejo de lo que había vivido.

Inició la simulación una vez terminó de procesarse. Le dio mucha alegría ver que su individuo de análisis, en esta ocasión, era un ser de un metro y cincuenta centímetros, con abundante bello facial y el cerebro del tamaño de una manzana. A su anterior problema le encontró una buena solución; ¿por qué su supuesto simulador se fijaría en alguien tan insignificante como él? Acto seguido comenzó a tararear una nelodía tranquilamente y continuó con su trabajo hasta que pudo irse a su hogar.


Facundo Carrasco


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