No es fácil. No es fácil
levantarse con los gritos de un hombre que dice ser tu patrón. Pero yo tengo
que hacerlo. No quiero no comer por pereza.
Es deshonroso. No es fácil seguir una rutina que te obliga a usar un
pico cuando aún no salió el sol.
A media mañana, el sudor ya surca
entre mis hombros y los callos en las manos palpitan a reventar. Ya no duelen,
solo supuran.
Me pregunto: ¿Por qué estoy acá?
¿Por qué hago esta labor? A esto el jefe
me responde, a veces con un tono tosco y serio, que esta es mi misión y mi
lugar en el mundo. Luego de eso, vuelvo a sufrir, pero lleno de orgullo y con
una sonrisa en el rostro. Mi misión, mi destino.
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